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En mi propia voz

María

By 14 de febrero de 2024No Comments

Lo vivo cada día en lo laboral como en lo personal: el abuso sexual continúa siendo hoy como ayer un tema tabú. Si a ello le sumamos aspectos como el feminismo, la masculinidad, la infancia o el hecho que una instancia religiosa pueda estar implicada, es todavía mucho peor.

A las mujeres, por ser el grupo estadísticamente más agredido, se nos sigue revictimizando, porque si la falda no era lo suficiente corta nuestras insinuaciones han sido demasiado largas. Los hombres, si fueron lo suficientemente hombres no hubieran caído en el rol de víctimas. Y de l@s niñ@s ni palabra, porque si no se acogen a nuestra imagen de angelitos inocentes, entonces son claramente culpables, de lo que sea, y mucho más si una institución religiosa está de por medio.

Las personas rebatimos la representación mental de cualquier agresión de tipo sexual, quizás porque se trata de un acto tan absurdamente visceral, cruel e innecesario que nuestro cerebro no es capaz de procesar tal cantidad de repugnancia. Cuando se trata de un asesinato, normalmente hay un motivo, y por mucho rechazo que seamos capaces de sentir ante un crimen de tal calibre, nos agarramos a este razonamiento absurdo para explicar lo inexplicable, porque nos da una cierta seguridad como individuos. En el caso de los abusos sexuales no hay más motivo que la pura perversión mental del agresor y el haber estado cerca como afectad@, de paso o simplemente indefens@. Pero si este es realmente el caso, cualquiera podría convertirse en víctima de un acto tan atroz. Difícil de procesar, ¿verdad?

Antes de morir, mi padre, hablando de los abusos que sufrí de niña, me dijo que en aquel entonces les tendría que haber dado más detalles de lo que me estaba pasando a mis diez, once, doce años. Hoy me sigo preguntando a mí misma qué tipo de detalles es capaz de dar una niña pequeña sobre la perversión sexual de un adulto. A pesar de su gran amor hacia mí, mi padre no fue capaz de reconocer el valor que tiene que tener una niña para contarlo y, que los adultos, son su única posibilidad para no obviarlo. Para la escuela, en aquel entonces, yo me convertí en el problema y no el pervertido, mi profesor y tutor. El agresor llevaba tras de sí, ya por aquel entonces, una largar lista de víctimas, y esto no era desconocido para la institución religiosa a la que pertenecía.

Por eso es tan importante el trabajo de organizaciones como Betania. En Europa se han reconstruido los campos de concentración en ciudades-museos contra el olvido. Lo han hecho y lo mantienen, no porque quieran reabrir las viejas heridas de los pocos sobrevivientes del Holocausto o porque les quieran recordar a las familias el horror de cómo los suyos fueron deportados, deshumanizados y, en la mayoría de los casos, brutalmente asesinados, sino porque son conscientes del valor que la memoria tiene para el ahora. Sin una toma de conciencia actual, a gran escala, las posibilidades de que la barbarie se repita son enormes. Y esto es palpable en las políticas nacionales e internacionales europeas, entre otras. La voz de unos pocos al servicio de la reflexión colectiva, la humanización del individuo por y para el avance de la sociedad, en la dirección correcta.

En el verano de 2018 yo acababa de terminar un Erasmus y estaba en el sur de Francia de vacaciones. Por el camino se me estropeó el TomTom y me retrasé varias horas. Iba escuchando la radio y, gracias a la avería del navegador, pude sintonizar a tiempo una retransmisión del centro Pompidou en París. Un hombre de, como yo, unos treinta y pico años, hablaba de las violaciones repetidas, sufridas de niño por un sacerdote, y cómo esto transformó su vida en una lucha continua. Después de admitirme a mí misma que su historia y sus batallas tenían paralelos apabullantes con la mía, me dirigí a mi psicóloga, al colegio donde me había sucedido todo y ellos me pusieron en contacto con Betania. Entraba en el proceso.

Yo ya no me considero católica y, sin embargo, sólo puedo agradecer el trabajo de esta gente que lo da todo, y más, por lo que consideran una creencia por la que vale la pena luchar. Después del proceso con Betania he recuperado la esperanza en la gente buena y en los valores de las creencias que se me inculcaron de niña. A mi padre, que en paz descanse, sólo le puedo agradecer que me hubiera escuchado y, sobre todo, creído sin ningún tipo de cuestionamiento. Sus preguntas, al fin y al cabo, no eran recriminatorias, sino su única “agarradera“ contra su propia indefensión como progenitor. Porque si algo he aprendido de adulta es que sol@ es muy difícil, por no decir imposible, combatir este tipo de aberraciones a nivel psicológico, institucional y legal. El lastre de los abusos es tan grande que destruye vidas sin piedad. De hecho, estuvo a punto de borrar la mía cuando era joven. Gracias a la intervención de Betania, conseguí poner cierre a mis batallas psicológicas y la institución religiosa admitió su responsabilidad de lo sucedido, brindándome la posibilidad de afianzar mi vida en un camino, en el que quiero, yo también, hacer algo por y para los demás.

Para evitar que nuestr@s niñ@s, herman@s, mujeres o espos@s, padres y madres sufran cualquier tipo de aberraciones, ahora o en el futuro, es nuestra responsabilidad hablar, escuchar y reflexionar. Este hombre francés, valiente, que donó gratuitamente su voz y su experiencia a los oyentes de la radio, salvó literalmente mi vida. Pero sin Betania el proceso no hubiera sido posible. Aunque hablar del horror, escuchar y admitir, al principio nos resulte tremendamente difícil, es el único camino que nos garantiza a tod@s una vida libre, completa y feliz. Por una sociedad libre y sin horrores, gracias desconocido por tu voz, mil gracias Betania por vuestro trabajo indescriptible.

María