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En mi propia voz

A.

By 5 de diciembre de 2024diciembre 18th, 2024No Comments

Nací en 1950 en un pueblo de Extremadura, en mi familia nos manteníamos en una economía de subsistencia. En los años siguientes mi madre tuvo que dejarme ingresado en tres ocasiones en un hospital infantil para someterme a operaciones quirúrgicas con el fin de reducir en lo posible los efectos de las secuelas de la poliomielitis, porque en un instante de mi vida, con tan solo 11 meses un maldito polio virus entró en mi pequeño cuerpo cuando empezaba a tenerme en pie. Digo esto para precisar la alta vulnerabilidad en que se encontraba mi yo-niño.

Fue en mi ingreso a la edad de 11 años cuando sufrí en varias ocasiones agresiones sexuales por parte de un fraile, a cuyo cuidado y bajo su protección estábamos los niños de aquella gran sala. Y no fui el único niño agredido, lo sé porque a veces nos tuvo a dos niños a la vez en su agresión.
Son cerca de 64 años de memoria dolorosa. Cerca de veintitrés mil trescientos días en los que miro mi pierna izquierda y veo las cicatrices. Son cinco cicatrices y en cada una se pueden contar los puntos de sutura. Esas cicatrices estarán ahí por siempre, pero dejaron de ser heridas semanas después de cada operación; ya no duelen. Pero tienen memoria. Una memoria que sigue doliendo, que seguirá doliendo. Lo sé. Porque cada vez que veo aquellas cicatrices siento las heridas abiertas en cada agresión. Muy pocos de estos miles de días pasaron sin traerme los recuerdos de aquellos violentos momentos.

Hasta el año 2022 esa memoria permaneció en mi intimidad, no la compartí con nadie. Según tomé plena conciencia de lo sucedido decidí no hablar de ello por varios motivos: por un lado, evitar que lo supieran mi madre y mi padre, esto lo hice por su protección, por evitarles ese dolor, especialmente a mi madre, profundamente creyente, y porque podrían sentirse culpables. Por otra parte, mis propias dudas: ¿con quién lo hablo? ¿y si no me creen? ¿y si el hablarlo me marca a mí? ¿Y si…?
Fue un sinfín de obstáculos que yo mismo me ponía. Sólo en una ocasión estuve muy cerca de hablarlo con un sacerdote de esos que llamábamos entonces “modernos”, de los que cambiaron la sotana por el clériman. Yo tendría 17 o 18 años y mantenía mi fe cristiana. Pero no lo hice por las dudas. Recientemente he hablado con él (dejó de ser sacerdote pocos años después de conocernos) y lamento no haberlo conversado por entonces, sé con certeza que me habría creído y que me habría ayudado mucho.
Altos representantes de la Iglesia católica española llevan un tiempo (llegaron tarde, muy tarde) diciendo que una de sus actitudes ha de ser la escucha. No sé qué superioridad de la institución religiosa se sentará delante de mí cuando llegue el momento de conversar, supongo que por última vez, pero yo estoy dispuesto a contarle a ese superior o superiores. No sé qué me dirán entonces. Qué palabras me van a dedicar. Cómo me van a mirar. Qué información me van a aportar, porque lo que sé por su parte es insuficiente; me creo con derecho a saber más de mi agresor, ya que éste no vive. No sé tantas cosas; y hoy día, ni siquiera sé si podré perdonar. Si yo pronuncio las palabras “perdono a mi agresor y perdono a la institución por sus faltas de protección a tantos niños” ¿me sentiré mejor? Y al día siguiente y al otro y al otro y en mi tiempo futuro ¿dejaré de sentir este dolor o, al menos, será más leve? ¿Qué pueden hacer desde la institución para que así sea?
Casi 64 años después, sigo teniendo muy definido el entorno en el que nos agredía el hermano depredador, una habitación en la que no veo ningún color más que el gris, un espacio en gris, supongo que sería su habitación. Supongo que aquellos hechos solo pueden recordarse en gris. Un ambiente gris en el que se define una ventana, una mesa con dos sillas, una cama y sobre la cabecera de la misma, un crucifijo colgando en la pared.
La gente, en general, tendrá como idea de “memoria” la evocación de algún acontecimiento que le haya sucedido en el pasado y que le provoca tristeza, alegría u otro sentimiento durante unos instantes. En mi caso (y supongo que sucederá así a todas las personas que hemos sufrido agresiones sexuales) esos instantes son el comienzo de momentos, más o menos duraderos, de dolor, de rabia, de ira, de odio.
Hace un año y medio contacté con personas de la asociación Betania; el contacto me lo facilitó la propia institución religiosa, por lo que en un principio desconfié de que se tratara de un gesto honesto o de que tal vez yo me pusiera en manos de personas al servicio de dicha institución. Hoy reconozco que es lo mejor que pude hacer, que he dado con personas que saben atender a las víctimas en lo que más necesitamos, que en poco tiempo se hacen merecedoras de nuestra confianza. Yo me siento muy tranquilo sabiendo que estas personas sólo tienen un interés o, al menos, que su interés más importante soy yo. Que les importo muchísimo. Que me escuchan y me hablan. Que no me cuestionan, que no me dicen qué tengo que hacer. Que me respetan y me tienen mucho afecto. Ellas tienen el mío.

 

A.