Reparar también significa reconocer.
Desde finales de 2022, Betania me acompaña en un camino que me ha permitido hablar de lo que me ocurrió, comprender muchas de sus consecuencias y dejar atrás una culpa que nunca debió pertenecerme.
Por eso deseo que los responsables de la institución a la que perteneció el sacerdote al que denuncio reconozcan también el bien que Betania está haciendo.
Me gustaría que entendieran que reconocer los hechos, escuchar a quienes han sufrido y contribuir a reparar el daño no debilita a la comunidad católica. Al contrario: puede ayudarla a recuperar la confianza, demostrar que la dignidad de las víctimas está por encima de cualquier reputación y evitar que otras personas tengan que recorrer un camino tan largo en soledad.
Quiero agradecer públicamente a Betania su trabajo. Quiero que sepan que su acompañamiento importa, que cambia vidas y que puede devolver la esperanza a personas que llevan décadas creyendo que tendrán que vivir para siempre con sus heridas.
Pero también sé que queda un trabajo difícil por delante. Me han ayudado a recuperar mi voz. Ahora deseo que escuchen esa voz y comprendan la importancia de responder.
Han pasado muchos años hasta que he podido enfrentarme a aquellos recuerdos y hablar de los abusos con claridad. No quiero que el tiempo transcurrido sirva para restarles importancia. Que hayan pasado décadas no significa que el daño haya dejado de existir ni que la necesidad de reconocimiento haya desaparecido.
Para mí, la reparación no es solamente una cuestión económica. Es también poder mirar atrás y saber que mi testimonio ha sido escuchado, que lo ocurrido no se niega y que quienes tienen responsabilidades están dispuestos a asumirlas.
La culpa no fue mía.
Quiero poder cerrar esta etapa sin tener que seguir buscando respuestas en la oscuridad.
Si miro hacia atrás, veo al niño que nació en 1960, al estudiante que cambió de colegio, al niño que vio marcharse a sus padres y se quedó esperando, al que subió a un autobús sin saber lo que le esperaba.
Veo al niño que sufrió abusos y que no sabía a quién contárselo. Veo al joven que dejó de estudiar, al hombre que aprendió a desconfiar, al marido y al padre que intentó construir una vida mientras arrastraba unas heridas que no comprendía.
Veo también al hombre que en 2005 pidió ayuda, que asistió a 59 sesiones de psicología y que siguió buscando respuestas durante muchos años. Y, finalmente, veo al hombre de 62 años que encontró en Betania a personas dispuestas a acompañarlo, a escuchar sus recuerdos y a ayudarlo a recuperar su vida.
No puedo cambiar lo que ocurrió en 1971. No puedo devolverle al niño que fui la protección que necesitaba. Tampoco puedo recuperar todos los recuerdos que se han perdido con el paso del tiempo.
Pero puedo hablar. Puedo contar mi historia. Puedo agradecer a quienes me han ayudado. Puedo pedir explicaciones a quienes considero que deben dármelas. Puedo defender el derecho de otras víctimas a recibir apoyo y reconocimiento. Y puedo abrazar a mi hija. Ese abrazo, que durante tanto tiempo me costó tanto, tiene hoy un significado que quizá no pueda explicar del todo. Es un gesto de amor, pero también es una forma de recuperar la libertad que el miedo y la culpa me habían quitado.
Mi recuperación no borra el pasado. Me permite vivir con él de otra manera. Por eso quiero terminar dando las gracias a quienes me han escuchado y reconocido. Gracias por escucharme. Gracias por acompañarme. Gracias por ayudarme a comprender que yo no era culpable de lo que me hicieron. Y gracias por devolverme las ganas de creer.
A los responsables de la institución a la que perteneció mi agresor les pido que den el paso que todavía espero: que escuchen, que aclaren, que reconozcan y que reparen en la medida que corresponda.
No quiero que mi historia quede reducida a un recuerdo doloroso de mi infancia. Quiero que sirva para algo más: para que se comprenda el daño que puede acompañar a una víctima durante décadas, para que se valore el trabajo de quienes la acompañan y para que ninguna otra persona tenga que preguntarse durante tantos años con quién puede hablar de lo que le ha sucedido. Hoy, por fin, puedo hablar. Y quiero seguir haciéndolo. Porque la culpa no era mía.
AJSS