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En mi propia voz

L. C.

By 9 de septiembre de 2024No Comments

Medio siglo de silencio

 

Ni lo negué ni lo reprimí, como dicen los expertos que hacen algunas personas abusadas. Yo, simplemente me escindí. A partir de aquel momento, dos entes antagónicos, separadamente unidos, irremisiblemente cercanos y alejados, han peleado por controlar mi mente y mi cuerpo. Uno vivo y presente y el otro “muerto viviente, fantasmagórico”. Algo así como cielo e infierno amalgamados.

Había momentos en que me quedaba totalmente bloqueado. Uno de ellos (algunos meses después de mi noche en el Gólgota) fue cuando, en una clase de gimnasia el instructor pidió: “Tendido prono” (boca abajo). Mi cerebro y mi cuerpo se bloquearon por completo. Me paralicé. Y desde entonces, aún décadas después, alguien muy cercano de repente me pregunta: “¿Qué te pasa, estás como ido?” Sí, he sido el autoausente. El huido. El fugitivo. Confieso que he estado ausente la mayor parte de mi vida.

Pero un día toqué a las puertas de Betania. Dos décadas antes había llamado a las del infierno, pero, afortunadamente, no me abrieron. Y tuve que regresar, triste, abatido, por no haber hallado respuesta a mi solicitud.

Las de Betania se abrieron de inmediato y de inmediato sentí un abrazo angelical. Un par de semanas antes, en el obispado de mi provincia natal habían hecho oídos sordos a mi súplica. Aún antes, uno o dos meses, alguien había tomado mis datos para que formaran parte de la estadística, pero solo eso, para fines estadísticos.

Entré en Betania, en la casa y, como María, me deshice en llanto. Comencé a dejar de huir, a reunirme, a reencontrarme, a sentirme refugiado. Percibí que había hallado un hogar como aquel del que me había ido a los diez años de edad, con la buena intención de ser sacerdote y hacer el bien siendo misionero allende el mar. Poco más de dos años me duró esa noble ilusión. Fui crucificado, muerto y sepultado. No hubo resurrección.o

Cinco décadas después de mi Gólgota, en Betania se abrió la tapa de mi tumba y rememoré la entrada de Jesús en casa de Marta, María y el difunto Lázaro. Y, entre lágrimas fraternas, resucité, me volvió la vida.

Durante la semana de mi Pascua de Resurrección recordé muchos milagros: Levántate y anda. Tu fe te ha salvado. Quiero, sé limpio. Hágase con vosotros según vuestra fe. Tened confianza, soy yo, no temáis. ¡Oh, mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres. Talitha cumi.

También reviví algunas parábolas, como la del hijo pródigo, la del buen samaritano, la del buen pastor, la de los talentos, la de los viñadores.

Mi pasaje evangélico favorito es la respuesta del centurión a Jesús: “Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo, pero solo di una palabra y mi siervo será curado”.

L. C.