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En mi propia voz

P.

By 26 de julio de 2024No Comments

Hace unos años me recomendaron no denunciar ante la justicia ordinaria. Los abusos sexuales perpetrados contra mí por un sacerdote de mi entorno más cercano habían comenzado al cumplir yo los 16 años. Eso significaba, me dijeron, que yo había consentido, puesto que ya tenía 16 años… El proceso sería duro, el escándalo en el seno de la comunidad eclesial, mi familia…. Todo indicaba que era mejor no denunciarle.
Hoy he querido saber si era posible iniciar el proceso de denuncia penal. Pero, tenía que tomar una decisión urgente porque mi caso estaba muy, muy cerca de la fecha en la que iba a prescribir.

• La urgencia, al menos para mí, nunca es buena. Y, mucho menos, en mis circunstancias actuales.
• Mi deseo, cuando hice la consulta a Acogida Betania, era no volver a ver a esa persona nunca más. Pero eso es algo que ni la justicia civil ni ninguna otra justicia pueden asegurarme.
• El coste personal de recurrir a una opción que ni siquiera me garantiza no volver a verle (a corto plazo, más bien todo lo contrario) es demasiado alto. Y, eso, suponiendo que el proceso acabara en condena, algo incierto a día de hoy.
• Ninguna condena me ofrecería realmente el“cierre” de lo que viví.
• Para mí es un orgullo saber que, gracias a mi iniciativa, esa persona ya no puede acceder, en tanto que sacerdote, a ningún otro adolescente. Denuncié por vía canónica y fue expulsado del sacerdocio.
• Iniciar ahora un proceso de denuncia, marcado por la urgencia de una prescripción inminente, tendría un serio impacto en las decisiones que he ido tomando con el propósito de ofrecer algo mejor a mi familia, que constituye la prioridad absoluta de todas mis decisiones.
• Soy padre. Sé que quien me causó tanto daño también lo es. Y no quiero ser quien pudiera privar a unos inocentes de su familia. Esto, suponiendo que el proceso acabara en una condena firme. Por todo esto, he decidido no denunciar. Y esto, a sabiendas de que esta ha sido mi última oportunidad.

De la Iglesia, representada en las instituciones diocesanas que gestionaron mi caso, no deseo nada. Y sé que lo único que podrían ofrecerme es puramente material. Sé, también, que una declaración de disculpas o de reconocimiento de responsabilidad, de labios de las personas concretas de esas instituciones -conocidas por mí- no sería sincera ni espontánea.
He aceptado que lo que sufrí seguirá acompañándome, con mayor o menor intensidad, como ha hecho hasta ahora, cada día de mi vida. Aspiro, no obstante, a que no sea eso lo que defina mi existencia. Afortunadamente, hay muchas otras cosas en las que centrarme y focalizar mi energía. Sí, he sufrido una injusticia. Pero, ¿cuántas personas, ahora mismo y a lo largo de toda la historia, son y han sido también víctimas de injusticias mucho peores que la mía?
Me conforta haber formado parte de las “víctimas” antes que de los “verdugos” y saber que, pese a todas mis carencias, debilidades y limitaciones, siempre he procurado y procuraré vivir con integridad y tranquilidad de conciencia, no habiendo usado a nadie como medio para satisfacer mis necesidades o deseos.
Aunque desearía un mundo en el que nadie pasara por lo que yo viví, soy consciente de que esto forma parte de uno de los lados más oscuros del género humano. Sin embargo, siento esperanza al ver cómo se van introduciendo cambios sociales y legislativos para que, quienes vivan la desgracia de sufrir algo así, puedan afrontar su derecho a pedir justicia con más garantías y en circunstancias más favorables.
Quiero agradeceros vuestro tiempo y disponibilidad durante estos días. Acogida Betania es una iniciativa muy necesaria (¡ojalá hubiera tenido acceso a algo así hace unos años!). Confío en que sois conscientes del inmenso bien que hacéis.

Gracias de corazón por vuestra acogida y vuestro acompañamiento. Aunque ni siquiera hemos podido ponernos cara, recordaré con gratitud la calidez de vuestra voz y vuestras palabras.

Un fuerte abrazo, P