Sufrí abusos sexuales durante años por parte de un sacerdote al que conocí con 12 años de edad. Este sacerdote, de gran prestigio en mi diócesis, se ganó la confianza de mi familia y la mía, hasta el punto de ser considerado como uno más en nuestra casa. Cuando comenzaron los abusos yo tenía 15 años. Sucedían de noche, en casa de mis padres y mientras estaba dormido. A pesar de que mis padres y demás hermanos estuvieran cerca, nunca nadie se dió cuenta. No podía creerlo. Me decía a mí mismo: “ lo he soñado”, “ no me está pasando”, entre otros pensamientos. Con el tiempo, comprendí y acepté lo que estaba ocurriendo, pero en ese momento me sentía culpable. Pensaba: “¿Cómo he permitido esto? ¿Por qué no me he defendido? ¿Quién me va a creer? ¿Cómo les voy a decir a mis padres lo que me está pasando, especialmente cuando todavía estábamos lidiando con la muerte de mi hermano?”. La decisión que tomé fue callarme, guardar para mí todo lo que me estaba pasando y tratar de hacer como si no pasará nada. Los abusos cesaron cuando tenía alrededor de 20 años. Durante mucho tiempo, nadie supo nada, ya que fui capaz de continuar como si no hubiera pasado “nada».
Decidí denunciarlo cuando otra víctima lo hizo, lo que me llevó a estar involucrado en la investigación que llevaba a cabo la propia diócesis. Al descubrir que había otra víctima, conocida por mí, a la que inicialmente no se le creía, sentí la motivación para compartir mi experiencia, respaldando así su testimonio, ya que también había sido afectado.
Me duele profundamente que estas situaciones ocurran, ya sea dentro de la Iglesia o fuera de ella. El hecho de que el perpetrador sea un sacerdote, un padre, un familiar o incluso un profesor, es igualmente doloroso, sin importar su origen. Quizá el hecho de que sea dentro de la Iglesia me generaba perplejidad, puesto que era como si me hubieran dado un puñal por la espalda. Esta experiencia temprana me hizo comprender desde muy pronto que la Iglesia está compuesta por seres humanos imperfectos, que no poseemos una moral superior a la de los demás. Aunque el Evangelio nos presenta un estándar moral elevado, también reconoce la posibilidad de caer, de pedir perdón y de levantarse de nuevo, por lo que no veo contradicción en estas situaciones. Sin embargo, esto no significa que no me escandalicen ni que las normalice; simplemente entiendo que ocurren, al igual que en otros ámbitos, y creo que es necesario trabajar para que dejen de suceder. No obstante, reconozco que ante la sociedad, estas situaciones representan un escándalo mayor. Se espera que la Iglesia y, por extensión, los sacerdotes, sean ejemplos morales. En mi opinión, el mayor escándalo no radica tanto en que sucedan estos lamentables sucesos, que desafortunadamente ocurren, sino en la manera en que se ha actuado a nivel institucional. El encubrimiento, el traslado de sacerdotes sin más y, sobre todo, la victimización de las víctimas, tratándolas como culpables, enemigas o incluso atribuyéndoles intereses ocultos, es lo que puede resultar más escandaloso.
Afortunadamente, y creo que es un milagro, no he perdido mi Fe. Esta experiencia me llevó a profundizar aún más, permitiéndome comprender de manera más íntima lo que Jesús nos enseña en las Bienaventuranzas. Creo que esta perspectiva me ha aportado una comprensión única de la vida. Es algo extraordinario, y me siento muy agradecido.
Con esto no quiero justificar, ni “blanquear» nada de lo vivido, lo malo es malo. Los abusos han supuesto un gran daño y han repercutido de manera notoria en muchos aspectos de mi vida que podrían haber sido de otra manera. En todo caso reconozco que en mi historia personal he podido ver la acción de Dios en medio de mi sufrimiento.
He podido recuperar la confianza gracias a que he podido comprender que la Iglesia no se reduce a los sacerdotes y a los obispos. Me ha ayudado poder contar con un obispo que ha hecho las cosas bien conmigo, que me ha pedido perdón en nombre de la Iglesia, no solo por el abuso, sino por la negligencia recibida por parte del anterior obispo, y ha puesto los medios necesarios para que pueda sanar la herida. A su vez, he contado (y cuento) con un sacerdote que me ha sabido acompañar con paciencia y con mucha sabiduría, lo cual me ha ayudado a ir sanando la herida que tenía con relación a los sacerdotes. A su vez, y no menos importante, he tenido mucho apoyo familiar, amigos de fe y en particular una comunidad de laicos que me han acompañado, sin escandalizarse, sin juzgar, simplemente, estando a mi lado, lo cual me ha ayudado mucho. También la ayuda recibida desde Betania, que desde el primer momento me hicieron ver que es posible que esta herida puede cicatrizar, ha sido fundamental en todo mi proceso de sanación.
Escuché una vez a un sacerdote francés que hablaba sobre los abusos en el país en el que está de misionero. Mencionaba que para perdonar, primero es necesario odiar. Este proceso de perdón, que en mi caso estuvo marcado por mucha ambivalencia, finalmente ha llegado a su fin. Ahora puedo decir que he logrado perdonar de verdad.
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